junio 27, 2017

El ídolo de las 9 y 30



Hace unas mañanas subí a uno de esos taxis citadinos, con uno de esos choferes que no responden los buenos días e ignoran que el pasajero es, antes que mercancía, un ser humano.
Un chofer salido del molde pedestre: de esos que aceleran por entre los carros para impresionar a las muchachas lindas que montan; de esos que cobran el viaje al doble de su valor; de los que devuelven una moneda de tres pesos en lugar de un CUC; de los que alimentan el ruido urbano con bocinas que saturan la baja frecuencia.
Así, amontonado en el asiento trasero por dos hombres que doblaban mi peso, yo iba leyendo un libro sobre Ernesto.
El rey de los caminos es el título que recorre a partir de testimonios la niñez y adolescencia del que después fue llamado Che por sus compañeros. Aunque hace tiempo aprendí a no mitificar los héroes, no dejan de sorprenderme las anécdotas del hijo de Guevara.
Los héroes nacen de las decisiones adecuadas en circunstancias específicas. Aparecen héroes y villanos todos los días, al tiempo que mueren tras una nueva acción que contrapone a la otra.  
Ernestito era un héroe imperecedero por su sentido de justicia, por la sensibilidad con que amaba a sus amigos, por el espíritu optimista desprendido de las grandes miserias que hacen raíz en la personalidad; por eso tomó una gran decisión en México. A partir de ahí, muchos otros fueron testigos de sus actos homéricos, y la historia lo acogió entre los imprescindibles.
En eso pensaba cuando el chofer del taxi paró en seco. Afuera, lentamente, un anciano con bastón y gorra militar, se acercó a la ventanilla y preguntó cuánto le cobraban por llevarlo a su casa.
“Ernestito hubiera pagado su pasaje”, pensé, y ya involuntariamente sacaba la billetera para compartir el viaje, cuando el chofer, el mismo de la bandera canadiense en el cristal, le dijo: “Suba, abuelo, a usted lo llevo gratis”.

abril 11, 2017

Algo que decir


Nos bautizaron así, adultos en formación, y primero quedé en un estado de furor por varias horas, al cabo de analizar ideas entendí la precisión como un elogio. Es verdad, la adultez es una etapa donde se arriesga menos, un tiempo donde se asientan ideas tantas veces traducidas en prejuicios. Los adultos o las personas mayores, como les dice el Principito y la niña del bolso amarillo, son menos tolerantes a la crítica, más indecisos para los cambios, propensos a crear conceptos totalitarios, generalizaciones, fórmulas que les faciliten comprender lo que no entienden.
Saben más los jóvenes del desenfreno, de las acciones no premeditadas. El espíritu de un adulto está seco de espontaneidad, hay que calcular bien los actos para ser una persona mayor, hay que criticar los nuevos bríos porque no saben de la vida, hay que tener la verdad, ser “el iluminado”, andar convulsivo con los ojos marchitos y “mucho trabajo”. Una persona mayor debe ser mesurada, diplomática, incluso hipócrita para no armarse de conflictos vanos.
Los adultos no tienen tiempo para pasear su perro, para reír en el parque con los niños o montarse en la hamaca aunque la tabla y la cadena no aguanten; ellos tiran las puertas, escriben tratados y miran a los “pequeños” con displicencia. Los mayores no saben pedir disculpas, porque aún durante al acto, dejan frases entre líneas que en realidad dicen lo contrario. Adulto es sinónimo de seriedad, aburrimiento, estrés, disimulo; nada tiene que ver con la edad.
¿Qué le habrán dicho los adultos de su tiempo a Martí?, creo que Fernando Pérez lo recrea con maestría en “El ojo del canario”; ¿qué le habrán dicho a Mella, a Guiteras, a Fidel? No es solo que la Revolución se forjó de los jóvenes, sino que son jóvenes los paradigmas de la Revolución. Los adultos de hoy premian el ímpetu de aquellos, que en todo tiempo defendieron sus justas ideas hasta con menos de 25 años, hasta con menos de 20, hasta con 16. Muchos de nuestros héroes fueron privados de cruzar la barrera de la edad donde algunos iconoclastas empiezan a identificar a una persona mayor, y no por eso dejan de ser sabios, y no por eso dejan de ser grandes, y no por eso dejan de ser héroes.
Es más, no me quiero formar como adulto, déjenme así, joven, irreverente, imperfecto, indócil, asesino de conformismos y burocracia; libre de planes de efecto, de actas que no lee nadie; sordo de consejos huecos y cansados, de consignas que son el columpio para oportunistas e intelectuales de café con mantel limpio y “mesa repleta”.
Quiero ser joven como mi madre, periodista hace más de 30 años y todos los días me (nos) sorprende; como mi suegro jubilado que no puede quedarse en casa a ver novelas extranjeras y tiene que salir todos los días a estar con jóvenes, no a decirle lo que tienen que hacer, sino a formar parte, como uno más; y se sonroja cuando le dicen “maestro”, y es humilde cuando le piden consejo.
Quiero ser joven eternamente, como Raúl Roa, como Carlos Ruiz de la Tejera, como Bladimir Zamora, como Santiago Feliú, Villena, el Wichi, el Che. Ya no quiero ser adulto, las personas mayores me traen malos recuerdos.



noviembre 04, 2016

Ideológico será hasta el aire… Reflexiones desde Cuba en defensa del socialismo

Tomado de http://www.laizquierdasocialista.org/
Por: Alejandro Gumá Ruiz, Investigador, Instituto Cubano de Investigación Cultural “Juan Marinello”

Estados Unidos bloquea a Cuba porque esta asumió el socialismo, que-por cierto- es la única garantía de la soberanía e independencia nacionales. Porque botó de aquí a los explotadores; porque cortó de un tajo la sangría económica y social; porque hizo de la política un frente cultural e internacionalista, que buscaba: no la creación de “un paraíso en las faldas de un volcán”, sino la redención de todos los pueblos del mundo.
Si Cuba fuera capitalista, o si volviera a serlo, no habría necesidad de bloquearla, porque no sería de los cubanos. Pero los nacidos en esta isla tampoco serían cabalmente “de Cuba” si no comprenden que la cuestión patriótica está soldada en los tuétanos a la cuestión social, económica y política. La nación nos la conquistó en los campos de Cuba el machete, la tea, el máuser arrebatado al enemigo. Famélicos y hambreados, los revolucionarios eran sostenidos por las ideas (sepan los tecnócratas de hoy que las ideas son los más poderosos sostenes). Entonces, si nadamos un poco más hacia lo hondo, y somos honestos, entenderemos que lo que Estados Unidos bloquea no es a Cuba, sino un ordenamiento específico de ella; y sobre todo: la posibilidad de que las ideas de sus hombres y mujeres sostengan y desarrollen ese ordenamiento.